José Yañez, “ilocalizable” para dar declaraciones.
Reportero - 28 de noviembre de 2025 - 01:00 pm
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Luego de los recientes y pasados hechos de violencia en la capital de la sierra tarahumara, Guachochi, los propios pobladores han manifestado su sentir ante los escasos resultados en materia de seguridad para recuperar la paz en este Pueblo Mágico, el cual lleva desde inicios de año sufriendo las consecuencias de la inseguridad provocada por los enfrentamientos de grupos delincuenciales.
En este sentido, han ocurrido ya varios incidentes de violencia en Guachochi, dos en esta semana y el de mayor intensidad el lunes anterior por la madrugada, cuando de nueva cuenta, disparos de arma de fuego perturbaron la tranquilidad de los pobladores.
Desde ese día, se ha tratado de localizar al Alcalde José Miguel Yañez para conocer su posicionamiento y sobre todo, verificar la necesidad de adecuar la estrategia de seguridad de las corporaciones de los 3 ordenes de gobierno, sin embargo, el presidente municipal no ha contestado llamadas telefónicas.
Además, tampoco ha manifestado a través de sus redes sociales, acciones a seguir para incrementar la efectividad de los operativos en coordinación con las fuerzas del Estado y la Federación, inclusive, la última ocasión que emitió un posicionamiento sobre la violencia en el municipio fue a raíz de la masacre de 7 personas el domingo 26 de octubre, hace ya un mes.
Ante esta situación, ciudadanos “Guachochenses” han manifestado su sentir a través de grupos de WhatsApp y en sus redes sociales personales, tal como lo hace una madre de familia tras los constantes atentados contra la paz; dicha opinión se da a conocer a continuación:
Reflexión de una mamá en Guachochi
A veces me pregunto en qué momento nos acostumbramos a vivir con miedo. Qué día, sin darnos cuenta, dejamos que las noches se llenaran de balas en lugar de sueños. Escuchamos disparos como quien oye la lluvia: unos segundos contenemos la respiración… y luego intentamos seguir dormidos, como si no pasara nada. Pero sí pasa. Nos pasa por dentro.
Soy mamá, y cada noche veo a mis hijos despertar con los ojos abiertos de par en par, buscando en mi mirada una explicación que no sé dar. Se abrazan de mí como si yo pudiera detener el mundo con los brazos. Sus latidos acelerados me rompen el alma. No saben de política, no entienden de bandas, pero sienten el temor como se siente el frío: directo en los huesos, inevitable.
No dormir se ha vuelto rutina. Vivir alerta, norma. Caminamos de día fingiendo calma, pero por dentro cargamos cansancio, ansiedad, dolor. Nos enseñaron a presumir que somos “Pueblo Mágico”, pero a veces la magia se nos transforma en silencio. En un silencio pesado… un silencio que las autoridades mantienen como si hablar fuera peligroso, como si reconocer el miedo fuera una falta.
Y mientras nadie dice nada, nosotros vivimos en ignominia. Pareciera que lo nuestro no merece pronunciamiento, que los disparos que estremecen la noche no cuentan, que nuestros hijos y su paz no importan.
Pero sí importan. Importa el sueño que pierden, el miedo que guardan, la desconfianza que aprenden. Importa cada corazón que late con sobresalto en nuestras calles, cada familia que se encierra, cada mirada que ya no brilla igual.
No es justo, ni debería ser normal, que cada mañana nos preguntemos si existen las condiciones para que nuestros hijos asistan a la escuela o si es seguro simplemente salir a la calle. Vivir con miedo no puede convertirse en rutina. Cada familia merece tranquilidad, cada niño merece un camino libre hacia su escuela, y cada persona merece transitar su vida sin cuestionarse si hoy correrá peligro.
Como mamá, NO me resisto a normalizar este terror silencioso. Porque mis hijos merecen crecer sin que el estruendo de una bala sustituya el canto de los grillos. Porque nuestro Guachochi merece paz verdadera, no solo el título de “pueblo mágico” colgado en un letrero turístico.
Mi voz es pequeña, pero la levanto por ellos, por todos. Porque el miedo no debería ser heredado. Porque el silencio no puede ser la respuesta. Porque aunque duela, aunque nos tiemblen las piernas, un día tendremos que exigir juntos la tranquilidad que nos pertenece.
Que llegue la noche en la que el único ruido sea el viento entre los pinos. Y que nuestros niños, al fin, puedan dormir.
©El Monitor de Parral
Fuente: https://elmonitordeparral.com/spip.php?article32404
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